domingo, 16 de enero de 2011

Más raíces

Ayer por la mañana en la radio entrevistaban a Pius Alibek,un iraquí católico de la minoría asirio caldea, que desde hace unos años vive en Barcelona. Alibek es filólogo y cocinero, y ha escrito el libro Raíces nómadas, que narra buena parte de su historia personal, en la mutiplicidad de arraigos y experiencias que ha ido viviendo desde su Irak natal. Habla muchos idiomas, el arameo que es su lengua materna, luego el árabe lengua con la que estudió religión, el kurdo para sus estudios laicos, luego el inglés porque estudió filología inglesa y el español y el catalán después de su vida aquí. Cuenta que de cada uno de ellos destaca cualidades diferentes; el español por su potencia semántica, el catalán por sonoridad al igual que el árabe. Cuando oye hablar de los conflictos políticos en España por el uso de los idiomas, no deja de quedar perplejo, pues él siempre habló varios idiomas y nunca necesitó de alguno para poder definir de dónde era. Con su madre hablaba el arameo, con su padre el kurdo, en la escuela islámica el árabe... todo de una forma natural y sin sobresaltos. En Barcelona, afirma, la gente también es mucho más natural con los idiomas que lo que dicen los políticos. Raíces nómadas lo escribió en catalán, Arrels nomades. Inicialmente no tenía una relación emotiva con este idioma, explica, pero cuando mis hijas me contaban las historias que habían aprendido en el colegio y me las contaban en catalán, ya comencé a tener esa relación, pues para mí ellas son también ese idioma y esta historia escrita de mi vida es también para ellas, una historia de un Iraq que ya nunca podrán conocer como yo lo conocí.
Un Irak que no encaja, por cierto, con la imagen que hasta ahora se nos ha ofrecido, "un Irak con un dictador, eso sí, pero de gobierno aconfesional, donde la mujer se integraba plenamente al mundo laboral, con los mismos derechos que los hombres, donde estudiar te podía eximir de ir a la guerra , un país donde se vivía la vida y nadie podía imaginar que se convertiría en un estado islámico... que es lo que es ahora".

El libro ha sido traducido al alemán, pero allí tuvo que cambiar de título porque ese término de 'raíces' es tabú. Ya están curados, por sobredosis, de esa enfermedad en otra época. Al final se publicó con el título Mirando a las estrellas (o algo así) y alude a la costumbre iraquí de subirse a las azoteas para dormir a techo descubierto por las noches en las épocas más calurosas.

Así es Alibek, como el pie de Chema Madoz, un hombre de mundo echando raíces pero de poca sujeción, raíces con solo la largura justa y de gran flexibilidad para seguir caminado en la degustación de todos los otros mundos que se nos ofrecen. Mundos tan sólo a la espera de nuevos caminantes, alimentándose al mismo tiempo que los proveen de nuevos compuestos nutricios, los arrastres de otras tierras. Aire fresco y renovador. La mejor vacuna al ombliguismo, la autosuficiencia y la autocomplaciencia.

Las raíces, siempre esa poderosa imagen para certificar un origen y una tradición, para sustituir la amorfa nebulosa de elementos que constituyen cualquier pasado, una conexión autoevidente, un hundimiento directo y ramificado que nos provea de certezas, de un orden natural, de una fuerza orgánica, biológica, para justificar el inmovilismo que vocifera.

Decía Raymond Williams, por otro lado, algo así como que no hay nada más americano que un buen 'desayuno americano' antes de salir para el trabajo; tomando un café del medio oriente, en una taza de porcelana inglesa, leyendo el periódico impreso gracias al invento europeo y con una tinta y papel que son chinos. Quería decir con ello, que cualquier origen cultural es sumamente mestizo y viajero, y que a poco que escarbemos en él encontraremos derivaciones y parentescos insospechados, en absoluto oriundos. Naturalmente, la capacidad de sublimación de la diferencia y lo distintivo es muy grande, hasta descubrir, por ejemplo, que la famosa tela 'escocesa' la comenzó a tejer y vender un inglés o que la famosa manta 'esperancera' es otro tejido igualmente importado de inglaterra o que la famosa 'ikurriña' esté completamente inspirada también en la bandera inglesa. En este caso todos con un origen cuando menos foráneo e igualmente moderno, del siglo XIX, con lo que de ancestral y nativo, nada. No habría, pues, que excavar demasiado para encontrar el final de esa raíz, luego no será tan inamovible como aseguran.
En fin, ya saben (como aseguraba aquel conocido vascongado de adopción, Bergamín creo, en otro momento buscaré la cita), "hablar de las raíces siempre acabará convirtiéndose en una manera más bien subterránea de irse por las ramas."

viernes, 14 de enero de 2011

Monstruos y nostalgias

Cuando el otro día leía la entrada ‘monstruosa’ de García Rojas en El Escobillón (9-enero), tuve un extraño encuentro con mi memoria cinematográfica. Varias de las películas reseñadas allí recordaba haberlas visto hace muchos años en el cine Marino de Los Cristianos. Éste era uno de esos grandes cines de pueblo que ya casi han desaparecido de nuestros más modernos urbanismos; uno de esos cines que alimentaban nuestros sueños infantiles en las tardes de los domingos o nuestros deseos posteriores en las sesiones nocturnas del fin de semana. Cuando a finales de los 80 vimos Cinema Paradiso, el cine Marino ya no existía, ni tampoco muchos otros que como ese habían pasado a mejor vida o agonizaban sus últimos días completamente cerrados y defenestrados. Cuando Cinema Paradiso llegó a las pantallas, se decía habitualmente que era una película homenaje al propio mundo del cine, a su historia fílmica y demás, pero para mí (y seguro que para muchos más) el homenaje era, sobre todo, para las viejas salas de proyección de los pueblos, que eran mucho más que cine. En el cine Marino (imagino también al resto de salas desperdigadas por esas geografías) el espectáculo estaba tanto en la pantalla como fuera de ella; en el patio de butacas, en la sala de proyección, en el bar, en los baños, en el palco, en la taquilla… todo él era un espacio maravilla donde siempre sucedían cosas, emociones, sorpresas, miradas, besos, compincheos, risas, trastadas, … ¡Qué sé yo!
Pura nostalgia, tal vez, pero alguna de esas historias habrá que contarlas, aunque mejor otro día.
De todas esas películas que recordaba a propósito de los ‘monstruos’ del Escobillón, como decía al comienzo, hubo una que me llamó especialmente la atención, Holocausto caníbal de Ruggero Deodato (1980, rebusco en internet). Esa película debí verla (si no repaso mal) en los últimos años antes del cierre definitivo del Marino. Recuerdo que me impactó ese ‘infierno verde’ en el que se convirtió aquella llanura arbolada por la que culebreaban innumerables ríos y riachuelos.
Holocausto caníbal empezaba con la voz de un reportero que nos hablaba desde el Empire State, mostrándonos imágenes panorámicas de New York, cumbre de la civilización, centro del nuevo mundo y todo eso.

—El progreso tecnológico triunfa y lo que a principios de siglo parecían sueños imposibles, hoy han sido ampliamente superados. Hace aproximadamente 80 años no se volaba, hoy la llegada del primer hombre a la luna es solo un recuerdo. Durante el siglo XX la civilización ha avanzado más que en los milenios anteriores. Ahora el mundo nuevo de los escritores y futuristas llama ya a la puerta. Y, sin embargo, no debemos olvidar que existen aún salvajes sobre la Tierra. [y aquí, al mismo tiempo que sigue hablando la voz del periodista, la cámara baja a ras de suelo para mostrarnos, más de cerca, imágenes de lo que parece que es esa otra jungla, la Gran Manzana] Hombres cuyo nivel social no ha pasado de la edad de piedra, seres cuyo nivel moral se ha quedado en el instinto de la jungla, seres primitivos que viven en un mundo hostil y despiadado donde aún rige la ley del más fuerte [siguen las escenas de miles de coches y personas en las calles de NY]. Para recordarnos esto, cuatro jóvenes reporteros viajaron para filmar un reportaje de gran interés. Para recordarnos que el progreso tecnológico no es la única meta que existe frente a la humanidad. No puede existir una verdadera ciencia sin una auténtica conciencia.

En los prolegómenos de la expedición les preguntan a los protagonistas si no tienen miedo de ir al encuentro de esos seres en algún lugar perdido de la selva. No no, contestan sonrientes y tranquilos, como quien sabe cuáles son los verdaderos ‘salvajes’ y que los verdaderos seres para ser temidos son ellos mismos.
Aquellos reporteros se habían especializado en dotar al público occidental de imágenes sobre la violencia humana en el mundo. Guerras, conflictos, rituales… todo valía para alimentar la sed de sangre de los ‘civilizados’, siempre que fueran ‘otros’ los que la provocaban y los que la sufrían. Como si necesitaran de esa prueba palpable que les diferenciara absolutamente, como si necesitaran disfrutar de la sangre en la distancia, en una nostalgia ancestral que todavía nos subyugara.
Nada de eso vi entonces, era demasiado joven quizás, demasiado ingenuo. Sólo recuerdo la fascinación por la selva en su lado aventurero y la inquietud de su abigarrado claroscuro; donde cualquiera te podía observar de cerca sin ser visto, donde te podían asaltar en cualquier momento, y, sobre todo, donde vivían esos seres extraños de los que cualquier cosa cabía esperar, comiendo brazos y vísceras humanas.
No recordaba al antropólogo que trató de salvarles, ni al reportero, ni a los productores que vieron en la historia de los periodistas perdidos del Amazonas oro puro para sus índices de audiencia.
Pero nada de eso valió porque los realmente ‘salvajes’ eran los propios periodistas, los que se aprovechaban de los estereotipos y los prejuicios de los más ‘civilizados’ para alimentar sus demandas de otredad, de sangre y de una cierta dosis de barbarie. Los verdaderos ‘salvajes’, pues, los que sí que vivían en una verdadera jungla, eran otros. El lugar donde efectivamente se había dado el avance científico pero sin el progreso de (o acosta de) la conciencia, por aludir nuevamente al juego de palabras que nos proponía el reportero al inicio de la película.
Deodato quiso hablar de la violencia que en general afecta al ser humano, más allá de esa supuesta dicotomía civilizado-salvaje. Al director italiano le surgió la idea a raíz de la violencia gráfica y el sensacionalismo que encontraba en muchos de los reportajes y documentales sobre el mundo, algunos de ellos en la propia Italia donde se explotaba el morbo de los asesinatos, especialmente en el tratamiento que tuvo la muerte de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas tras su secuestro a finales de los años 70, justo antes del comienzo de este proyecto. Ya vemos que la cosa todavía no ha cambiado mucho.
La película y el director tuvieron una accidentada historia judicial y de crítica no solo por la manipulación de las culturas indígenas de la Amazonía (casi nada caníbales, por ejemplo), sino fundamentalmente por lo explícito y provocador de las imágenes más potentes, empalamiento incluido. Quizás ese sea siempre el precio a pagar cuando se tocan las fibras más sensibles. Por último (ya acabo), muchos metros de esta película me parecen ahora sacados del más exigente decálogo del grupo Dogma 95 (fantástico), hasta veo que influyó en la realización de El proyecto de la bruja de Blair (1999).
En fin, totalmente recomendable para las mentes más desprejuiciadas y para los amantes de lo 'monstruoso' humano.

jueves, 13 de enero de 2011

Palestinos y suecos

Hace un tiempo el diario El Mundo ofrecía un paquete de películas que tituló “XX-XXI: La crónica del cambio de siglo”. Hoy he estado viendo una de ellas, Paradise Now (2005), con el descriptivo subtítulo de 24 horas en la cabeza de un ‘kamikaze’ palestino. Dos amigos palestinos desde la infancia, Said y Khaled, son elegidos para autoinmolarse en atentado como hombres-bomba contra los israelíes. El film retrata las dudas, los convencimientos y las peripecias de los dos amigos durante las horas previas al atentado. Los diálogos se suceden con el cúmulo de luchas, creencias y contradicciones del callejón sin salida donde viven. Los israelíes apenas se ven; esto es una historia de palestinos y entre palestinos, de la pluralidad de sus voces y pensamientos en su vida desquiciada. Al final los amigos (los palestinos todos) toman distintos caminos en su desesperado propósito de encontrar algún futuro… para acabar con las víctimas y los asesinos, los humillados y los invasores. En fin, todo muy complicado y ambiguo o lógico y sencillo, según se mire.
Uno de los amigos protagonistas, Said, el ahora elegido para convertirse en héroe del panteón palestino, es, sin embargo, hijo de un antiguo colaborador de los israelíes, que murió a manos de sus propios compatriotas después de ser descubierto y ajusticiado cuando él solo tenía 10 años. Quizás por eso extraigo uno de estos diálogos, en su sobresaliente ironía y desquicie.
—¿Sabéis una cosa? [Comenta uno mientras come]. En Suecia los coches siempre paran en los semáforos y los peatones miran siempre por dónde van. Y aún así tienen la tasa de suicidios más alta del mundo. ¿Qué les pasará a esos tíos?
—¿Qué tiene que ver eso con esa zorra? [Contesta el dueño de la casa de comidas, refiriéndose a las declaraciones de alguna política]
—… ¡Están locos!
—En mi vida había visto una tía tan fea como esa.
—¿Cómo se atreve esa tía a decirnos lo que tenemos que hacer con los informadores. Esa puta se preocupa más por los colaboradores que por el pueblo.
—Deberíamos cargárnoslos sin más. Eso es lo que tendríamos que hacer.
—Sí, habría que arrastrarles del pelo por las calles y luego despellejarlos.
—¿A quiénes?
—A los colaboradores.
—Ah, claro que sí.
—Y a sus familias y vecinos. Y también a los que les prestan dinero.
—Y no quedaría nadie en Gaza [interviene Khaled, el amigo de Said, que también come en otra mesa]. ¿Por qué van a tener que pagar por ellos sus familias y sus vecinos.
—¡Pero qué pasa contigo, es que eres sueco!

miércoles, 12 de enero de 2011

No tuvimos suficiente

Mientras Jesús se iba a acostar dejándonos una nueva crónica tijuanera, casi sin quererlo, nosotros estábamos por allí cerca, en el Monterrey de St Andrews. Marcelino y yo no tuvimos suficiente con la sesión radiofónica de ayer, ni con el copeteo del post en el mundano bar-restaurant del hotel Atlántida (territorio preferido del antiprologuista y del Capitán América). La marcha de allí siempre está marcada por el cierre del aparcamiento tijuanero (a las 22 hs, y menos mal). Cuando se acercaba esa hora, pues, por un momento me vi continuando la noche por Tacoronte, en donde decía Marcelino, degustando los bienes de la tierra, uf. Pero no, ya era demasiado tarde para eso. Se me ocurre entonces hacerle una visita inesperada a Jesús. Los hermanos se retiran de todas todas, pero Marcelino celebró la idea acordándose también de Ferni. Ferni, el del Monterrey, llegaba ayer mismo de su querida Venezuela con noticias frescas del Caribe bolivariano. Allí departimos, acunados por músicas llaneras, sobre Barquisimeto (de camino a Cúcuta y San Cristóbal del Táchira, la ciudad de nuestra Sonia, y del Lago Maracaybo). Barquisimeto, valle fértil entre las sierras de Saroche y Terepaima. Yo me acuerdo, entonces, de Colombia y de sus vallenatos, de esa parte colombiana del Llano y de su epicentro, Valledupar. Ah, qué tiempos y qué ganas de viajar por allí otra vez. Y le hablo a Marcelino de Santa Marta y su Sierra Nevada de más de 5.000 metros, con su Ciudad Perdida, y de mi viaje a La Guajira, el país de los indios wajúu, hasta llegar a la punta de La Valeta en la alta Guajira, justo al lado de la frontera venezolana. La Guajira es puro desierto ¡en pleno Caribe!, su costa y montañas se me parecían con Fuerteventura...
Llamábamos y llamábamos al móvil de Jesús y no respondía. No estaba por el Castillo ni por el resto de garitos que le conocemos. Chani tampoco sabía nada de él. Llamamos a la puerta de su casa y tampoco contestó. Lástima, un regalito le dejamos colgando del picaporte. ¡Bon appetit!

lunes, 10 de enero de 2011

Dos que pasan

Me asomo a la ventana y veo dos hombres que van calle abajo fumando cabizbajos y ensimismados. Cada uno va por su acera a ambos lados de la calle. Bajan a la misma altura y al mismo ritmo cansino, casi dejándose llevar por la inercia de la pendiente y por una misma y pesada apatía. ¡Oh! una vida en paralelo, una curiosa empatía, como si fueran dos amigos de siempre afectados por un mismo halo, entrando ya a ese punto discreto del estar a la vuelta de todo. El de la izquierda lleva sombrero, el de la derecha morral cruzado. Van al compás, tanto en el paso como en la estela del humo al fumar. En una de sus caladas, el de la derecha cae en la cuenta del otro y lo mira solo brevemente. Ambos pasan de largo y llegan igualados a la siguiente bocacalle. El primero coge hacia su izquierda y el segundo, sin embargo, a su derecha. Abandonan, pues, su extraordinario paralelismo para abrazar una incierta simetría. No se despiden, no se conocen, su vida ha sido tan distinta y su pensamiento tan dispar… Qué triste final para tan formidable coincidencia. Un escalofrío en la sien, un desencaje de neuronas jugueteando los impulsos, un no sé qué de algo perdido... apenas reconociendo su rastro espectral.
Quién espera ya nada... Sí, algo sí