lunes, 18 de julio de 2011

Consideraciones en la resaca de una noche de debate

Por fin plenamente integrado al mundanal ruido. Durante el fin de semana tuve un par de breves incursiones en los blogs amigos, haciéndose eco del encuentro del pasado jueves en Librería Cabildo. Parece que la Mesa Redonda G21 ha vuelto a remover conciencias y opiniones. Sin duda, es la mejor carta de presentación de Ánghel Morales, y ahora también un poco nuestra (de JMª y mía, digo), al menos como colaterales y momentáneos. Ya eso me parece un gran triunfo. No creo, Ánghel, que ahora debas meterte a defender tu proyecto a capa y espada porque tus logros son más que evidentes. No, no creo que se trate de eso, de socavar esa apuesta, sino de abundar en las aguas que afortunadamente se removieron (que removiste). Por ahí, quizás, avancemos. Y, Jesús, no te sientas tan desplazado; si hay obra, tendrás tu momento. El proyecto G21 tiene solidez suficiente y avanza, tú lo sabes mejor que nadie, Ánghel, esa es tu función como editor y la sabes cumplir bien (a no ser que te quieras convertir también en crítico literario). Sin embargo, no podemos ser inocentes (hace tiempo que dejamos de serlo) ni desde el punto de vista creativo, ni desde el punto de vista de la reflexión o la crítica. Por mi parte, en la narrativa de Canarias veo muchos valores, pero también encuentro problemas, dudas, interrogantes... no exclusivamente por G21 sino más allá, en relación al conjunto del actual momento narrativo. Ese es un reto que merece la pena abordar.
En cuanto a las 'generaciones' en literatura (me parece que no me expliqué bien en el comentario a la entrada de Jesús), hay toda una discusión teórica que no podemos obviar una vez metidos en estas lides. No se trata de una cuestión anti-G21, nada más alejado de mi intención. Lo que no podemos es dejar de considerarla, porque está ahí. Así de simple. Por último, tampoco creo que esta discusión 'generacional' la vaya a resolver yo ahora, ni mucho menos, pero sí tenerla en cuenta para nuestro propio debate de la historia narrativa de estas islas.

sábado, 9 de julio de 2011

Estadio Azteca

Prendido
a tu botella vacía,
esa que antes, siempre tuvo gusto a nada.
Apretando los dedos, agarrandomé, dándole mi vida,
a ese para-avalanchas.
Cuando era niño,
y conocí el estadio Azteca,
me quedé duro, me aplastó ver al gigante,
de grande me volvió a pasar lo mismo,
pero ya estaba duro mucho antes...
Dicen que hay,
Dicen que hay,
un mundo de tentaciones,
también hay caramelos
con forma de corazones...
Dicen que hay,
Bueno, malo,
Dicen que hay mas o menos,
Dicen que hay algo que tener,
y no muchos tenemos...
y no muchos tenemos...
Prendido,
a tu botella vacía,
esa que antes, siempre tuvo gusto a nada.

"Siempre estuvo iluminada. Fue un momento de inspiración muy especial de Marcelo Scornik, el Cuino, y también de la música. Es una canción que dice mucho más de lo que parece. La letra es misteriosa, no se puede explicar. Cuenta la historia personal de Marcelo pero, a través de él, la de toda la Argentina. Habla del exilio, de la muerte, del fútbol, de los hinchas, de la droga, del corazón que tenemos y que no tenemos. Es una canción muy importante." (entrevista a A. Calamaro)

La primera vez que escuché esta canción (corría el 2007) fue en ese mágnífico directo de "Dos son multitud". Calamaro&Cabrales/Fito&Andrés en un fértil cruce de caminos para el rock en español. Pero entre todas aquellas canciones destaco ésta. Como bien dice el propio Calamaro, la letra es misteriosa y no se puede explicar. Muchos identifican esa historia con la de Maradona, Andrés dice que es la de Marcelo Scornik... Pero lo cierto es que de alguna forma podría contar cosas de la biografía de muchos otros, atrapando una escurridiza manera de entender la vida. Ese es su misterio y su fuerza.



"Gracias le doy a la Virgen, gracias le doy al Señor, porque entre tanto rigor y habiendo perdido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor." (Calamaro, en 'El Regreso')

Recuerdos a una tal SGAE.

jueves, 7 de julio de 2011

Lecturas y relecturas (iv)

El Flamenco comenzó a contabilizar los palitos y cuando llegaba a doce ponía una coma. Luego continuaba contando a partir de la coma y ponía una estrella o dos estrellas según conviniera al número resultante. En cada una de las otras agrupaciones de palitos hacía lo mismo y, al final, encontró la combinación de estrellas que buscaba.
--Una, dos, una, dos, dos. –Repetía varias veces en una extraña letanía entre dientes para no despistarse. Se fue a la gran cuadrícula y…
--¡Merde! Qu'est-ce que il est passé ici? ¿Qué coño merde había aquí?
--¡Coño! ¡Esto estaba mojado o qué! --Exclamé yo.
-- Ceci n'est pas possible. Este libro es único, y ya se me mojó todo esto. Y la culpa la tengo yo por abrir esto aquí, en cualquier sitio. Me cago en la puta merde esa.
Allí estuvimos secando con servilletas todo lo que se había mojado del cuadro. La tinta se había corrido un poco, pero logramos que no se extendiera más y tomamos mayores medidas de precaución para ver en dónde volverlo a extender. Una vez vuelta la normalidad, lo que costó otro par de cervezas, comenzamos a ver el modo de establecer el punto de conexión entre la fila de la pregunta y la columna de aquella combinación repetida no sé cuántas veces.
--¿Cómo era lo de las estrellitas esas?
--Una, dooss… A ver los papeles essoossss ¡Cojones! Todo por culpa de esa merde.
--Caarma, caarma, que aquí losshs tienes. ¡Jodeel!
--Esso eshss… Una, dossh, una, doss, dosshs. –Luego, su dedo bajando por esa misma columna, y el mío, cruzando de izquierda a derecha por la fila de mi pregunta, se unieron en un mismo punto; en uno de esos recuadros de la gran retícula de figuras simbólicas que componía aquella maltrecha sábana de papel que escondía el libro en sus entrañas.
--¿Qué salió? ¿El arado?
--Sí, sí, creo que eso es un arado. –La emoción del momento comenzó a embargarme. No creí que albergara tantas expectativas en esta consulta, más bien creí que se trataba de mera curiosidad, una manera más de pasar el tiempo de copas… Pero me equivocaba. De pronto sentí ese enorme hueco entre la respiración; esa especie de tensión que sólo crea el despertar de la adrenalina; la espera en alerta disfrazada de pasatiempo y risas.
--Puesshs nada, vamos a vel. –Después de volver a plegar con sumo cuidado el gran cuadro, El Flamenco comenzó a buscar por el resto de páginas de aquél libro hasta que se encontró con las de la figura del arado.
--Eso esh. A ver, a verrl… --El Flamenco recorría lentamente con el índice de la mano izquierda el listado de combinaciones, hasta que…
--Aquí están esas estrellas ¿no? Una, dos, una… y doss, y dosshs. ¿No?
--Sí, sí. Eso esshs.
--Pues esa esshs tu resshs... puesta:

“Se ofrecerán impedimentos que no puedes ni aún soñarlos”.

No sé cuánto segundos pasaron, pero los suficientes como para que aquella nube alcohólica se disipara totalmente. El abismo se abría por momentos a mis pies. El mal agüero de hace unos segundos, confirmado. No sabía bien cómo encajar aquella frase del todo inesperada. Una frase ciertamente inquietante.
--Joderrr, qué respuesta te ha salío.
Silencio, asombro.
Adiós al reposo del inocente ignorante, ‘se ofrecerán impedimentos que ni soñabas’.
--¡Merde! Sí, impedimentoss que ni soñabas, pero no dice nada de qué coño clase de impedimentos; si grandes o pequeños, si salvables o insalvables… Y además, ¿a qué coño clase de empresa te referías, tío? No sé, igual aquí se refiera a alguna que no sea tan importante…
--Sí, ya… es un consuelo, Flamenco. ¡La cuenta, por favor!

miércoles, 6 de julio de 2011

Lecturas y relecturas (iii)

Sigo leyendo y veo las preguntas y respuestas que de su puño y letra anotó Napoleón en una de sus hojas en blanco. Preguntas y respuestas de El libro de los destinos que demuestra el gran acierto y el afán por saber de su futuro así como la búsqueda de alguna certeza que reforzara sus determinaciones. Preguntas de Gran Hombre, respuestas de cauta sabiduría para encontrar luz al final del túnel.
Se hace eco también de algunas noticias sobre los oráculos más famosos de la antigüedad, como la recogida para el, quizás, más famoso de ellos, el oráculo de Delfos. Se cuenta que hasta allí llegó Alejandro cuando todavía no era Magno, sino antes de partir hacia tierras persas, en esa expedición que terminó por llevarle hasta la gran India. Llegó, sin embargo, un día en que la pitonisa tenía prohibido subir al santuario para proceder a obtener alguna profecía del dios Apolo. Alejandro que nunca fue hombre de mucha paciencia, comenzó rogando a la pitonisa que entendiera su urgencia, pero ante su reiterada negativa terminó por tomarla del brazo, sacándola de su celda y forzarla a que se sentase en el trípode. Ella, al verse llevada por la fuerza hacia el santuario, terminó por exclamar: “Hijo mío, tú eres invencible”. Alejandro al oír estas palabras se sintió totalmente satisfecho, tomando la frase como expresión de los dioses para confirmarle su disposición de conquista hacia Persia y más allá, por toda el Asia conocida.
En esta clase de lectura andaba yo cuando otra vez de improviso cayó el pesado brazo del Flamenco sobre el libro, cerrándolo de golpe.
--¡Joder, Flamenco!
--Ni jooder ni joodeer. –Era evidente que las cervezas comenzaban a hacer su efecto y también la natural propensión de su carácter a imponerse por las bravas en lo que consideraba su terreno. --¿Quieres que te encuentre… oohpss… la respuesta a alguna de tus preguntas… o qué?
--Joder, Flamenco, pues claro. Pero coño, ya medio bebido, no sé si vas a atinar.
--¡Cómo! ¡Yo este libro lo conoss…co como la palma de mi mano! Venga, déjate de mariconadas. ¿Quieres saber o no quieres saber?
--Quiero.
--Poss… bueno. –Y abriendo hacia la mitad del libro, encuentra una gran hoja doblada en ocho partes, que al desplegarla se extiende por casi un metro cuadrado, y en el cual aparece una gran cuadrícula de signos extraños. Fijando mejor la vista, muchos de ellos parecían reconocibles, como si fueran los signos del horóscopo, y algunos otros como una careta, una lira, una pirámide, un puñal, un arado… y no sé cuantos más. Cada uno de ellos se distribuían de forma diagonal en las celdas de la cuadrícula. Al comienzo de cada fila había una pregunta, haciendo un total de 32, y al comienzo de cada columna había distintas combinaciones de una y dos estrellas hasta hacer también un total de 32. En la esquina superior izquierda aparece el rótulo: “Preguntas que podrán hacerse al Oráculo”, y un subtítulo que dice: “para las cuales se encontrarán respuestas análogas siguiendo las instrucciones dadas”.
--¿Y cómo funciona esto, Flamenco?
--¡Espera, esperaa… aag…! --Nada, tuve que volver a pedir una nueva ronda de cervezas, y a mí ya me empezaba a aparecer una ligera sombra en los pensamientos. Él, sin embargo, seguía bebiendo a grandes tragos, ávido de apagar el fuego interior que le devoraba, pero sabiendo todavía lo que se traía entre manos. Quizás, el libro era de las pocas cosas que todavía respetaba por encima de todo.
--Bueno, tienes que elegir… tienes que elegir una pregunta.
Yo recorría con la vista esas supuestas preguntas esenciales de la vida, esas que centraban el interés de las personas desde tiempos tan antiguos hasta la actualidad. La verdad es que me parecían demasiado tópicas, demasiado esperadas, que casi te hacían sonreír. Se dejaban leer casi sin sorpresas, con naturalidad, como quien te cuenta las cosas de toda la vida. Sí, era eso, las cosas de toda la vida… Es decir, con el aire de lo reconocible, de lo esperable, pero, por ello mismo, con el peso de lo que todos terminamos por preguntarnos, al fin. La simpleza de los planteamientos cuando llegamos al cruce de los caminos desconocidos. ¿Qué nos cabe esperar al elegir? ¿A dónde llegaremos? ¿A dónde llegarán nuestros seres queridos?... Pero también las preguntas de los que tienen aires de grandeza, de los que se saben o se quieren destinados a alguna clase de trascendencia espiritual o material. Las preguntas que podrían espantar nuestros miedos o, por el contrario, hundirnos en ellos sin remisión. Porque son así, preguntas para respuestas de doble filo. Esa era su fortaleza, su desafío, la energía que contenían, el asomo al abismo o a la cumbre. Preguntas o respuestas para no dejar indiferente por mucho que trates de quedarte al margen, de no tomártelo demasiado en serio. Preguntas y respuestas para socavar o enardecer. Territorio de fortalezas en cualquier caso.
--Elijo la nueve: “¿Saldré bien en la actual empresa?”
--¿Esa es la que eliges, ninguna otra?
--No, la nueve.
--Está bien. Ahora debes escribir en un papel… --Miramos alrededor para ver si hay alguno a mano.
--¿Aquí mismo, en esta servilleta?
--Sí, ahí vale. Pero ten cuidado de no rajar la servilleta al escribir.
--¡Oiga! ¿Un bolígrafo? Por favor. Gracias.
--Ahora tienes que escribir rayas verticales, de un tamaño como de dos centímetros, todas paralelas y en número mayor a doce.
--¿Así?
--Sí, pero sigue haciendo más, hasta que sean más de doce.
--O Ka. Mira, aquí no sé cuantas habrá, pero ya tiene que haber más de doce ¿no?
--Sí, sí. Así mismo. Ahora tienes que repetir lo mismo cuatro veces más.
--Joder, pues tendré que coger más servilletas.
--Sí sí, las que quieras, pero no pierdas el orden, pa… para yo saber cuál fue la primera y… las de después.
--O ka, mejor te las numero: una, dosss…
--Bueno, pues ya está. Ahora me toca a mí.

martes, 5 de julio de 2011

Lecturas y relecturas (ii)

Aquel grueso volumen resultó haber sido encuadernado en numerosas ocasiones, y en las últimas de forma tosca, con papeles de periódico que ya mostraban por las esquinas y lomo un gran deterioro y manoseo.
Después de hacerle un gesto de aprobación al camarero, el Flamenco (que así le llamaban) comenzó a explicar con ese español de ligero acento centroeuropeo que le caracterizaba.
–Éste es un libro muy antiguo, copia de un manuscrito encontrado en Egipto. No sé si de la biblioteca esa… la famosa de Alejandría… ¡Ah! No no, en unas tumbas secretas de los faraones, río arriba, muy al interior de ese reino. Nada de pirámides ni cosas de películas, sino en una especie de cuevas excavadas para ellos en la ladera de una montaña.
–Joder, es usted un erudito. –Dije, casi con sorna. Y no le gustó nada el tono vacilón porque estuvo a punto de mandarme al carajo. Sería la cerveza recién servida quien detuvo aquella reacción, y me quedó claro que estos escritos se los tomaba bien en serio.
--Después de encontrarlo un inglés al que tomaban por loco, fue el mismísimo Napoleón quien encargó traducirlo y llevarlo siempre consigo para sus consultas personales, como si del mejor de los oráculos se tratase. –Acabando esta frase bebió y bebió, de forma tan desaforada como si estuviera yo hablando con aquel inglés que lo descubrió por primera vez, recién llegado del desierto egipcio. Al momento, aquella cerveza había desaparecido entre sus fauces, y tuve que repetir gesto al camarero, que aún seguía pendiente de nosotros.
--Siga siga, que la historia parece --yo todavía suspicaz-- mucho más interesante de lo que me esperaba.
--¡Interesante! ¡Interesante, dice! Esto no es interesante, por Dios, esto es la verdad. Y con la verdad no se juega. ¿Me entiende? –Su mirada era ahora desafiante y yo solo quería calmarlo un poco para que continuase la historia.
--Ande, tome un poco más y volvamos al asunto. –Señalándole con la mirada el libro que había dejado sobre el mostrador. Sin embargo, eso de la ‘verdad’ ya me había defraudado bastante. Cansado que está uno de encontrarse por todos lados con biblias y sus correspondientes predicadores iluminados.
--Bien, sigamos pues. –Con tres nuevos movimientos de nuez ya había deglutido casi la otra cerveza. Y prosiguió.
—Como le decía, fue Napoleón quien lo utilizó por primera vez en Europa, y quien le otorgó gran prestigio entre los ambientes cortesanos. Después de su muerte se publicaron numerosas copias que hacían las delicias de camarillas y grupos de damas en tardes de aburrimiento. Pero también hubo quien se lo tomaba más en serio; aristócratas y hombres de negocios preocupados por el futuro, damiselas y buenas mozas en busca de provechoso partido, señoras ya maduras inquietas por sus hijos o por los devaneos de sus maridos, etc. etc. –En esto alcanzó de nuevo la botella y de un solo trago acabó con el resto del líquido espumoso. Y yo, por mi parte, pedí dos más. Una para él y otra para mí, que ya me hacía falta también.
--En fin, que cada uno buscaba en él la pregunta o preguntas que más le preocupaban acerca de su devenir más inmediato, motivo por el cual terminó conociéndosele como El libro de los destinos.
--¿Puedo? –Le dije, refiriéndome al libro.
--Sí… Bueno, adelante. Pero cuidado de no forzar demasiado sus costuras, que los cuadernillos ya están cerca de desmembrarse.
Abrí por la tapa de la portada y en las primeras hojas quedó al descubierto lo que parecía una dedicatoria… Sí sí: “A su alteza imperial María Luisa (…) Señora: con sentimientos del más profundo respeto y veneración tengo la honra de (… bla bla) Aunque esta traducción es un poco libre en algunos pasajes para adaptarla a las costumbres de Europa, es sin embargo casi un facsímil del único manuscrito original que poseyó el nunca bastante lamentado emperador y rey (… bla bla bla) espero será de la aprobación de Vuestra Señora Alteza Imperial. Su humilde servidor, H. Kirchenhoffer”. --Joder, pues sí que el Flamenco decía la verdad. –Me dije, cuando de pronto soltó el pesado brazo sobre el ejemplar, cerrándolo de golpe.
--¡Jodeeer! ¡Qué coño pasó!
--Que sigo teniendo la garganta seca.
--Coño, qué susto. Anda, pónganos dos más. –Y yo todavía con el corazón en un puño dando brincos enormes.
--Me cago en la puta, Flamenco, no me hagas eso otra vez. Pides otra y ya está ¡Cojones!
Abro de nuevo por el prólogo y leo algo de un tal Mr. Sonnini y de cómo describió el prodigio de unas tumbas encontradas por él en el Monte Líbico, a media legua del poniente del Memnonio y acabando frente a Medinet-Abou.