martes, 20 de septiembre de 2011

Métricas exactas

Tres kilómetros, ochocientos doce metros, resultaron demasiados. A juzgar por lo que me cuenta la familia del barrio La Maldad, demasiada conducción a lo que podría dar sentido a esta vida y todo tan espléndidamente estetizado, tanta panorámica cósmica... "O te gusta a morir o sales echando pestes", me dice Jesús. Para el bloguero Rojas esta película devuelve las ganas de seguir yendo al cine. No sé, habrá que ir, pues, a ver 'El árbol de la vida', degustándola metro a metro, kilómetro a kilómetro. Ojalá que no salga tan defraudado como de 'La piel en que habito', con sus tres kilómetros, doscientos ochenta y cuatro metros. Mala cosa cuando ves una película siempre con la sensación de que es eso, una película. Nunca te la acabas de creer. Lástima, porque tuvo un gran final y ese lenguaje visual exquisito que solo Almodóvar le sabe dar. A tres kilómetros, setecientos dieciocho metros, dicen que subieron Sibi y su amigo Manuel. Jesús no, que él se quedaba abajo, en la base del tótem montañoso, viendo a las alemanas bajarse de las guaguas turísticas, con sus metros, centímetros y milímetros exactos, sin sobrarles ni faltarles un ápice por ningún lado.
Al que sí le sobran y le faltan cosas es al gallego Charlín. Una novela con mucho que corregir todavía. Charlín dice que no, que lo tiene todo bien calibrado, hasta las obviedades, redundancias y metáforas chorra. Ay Charlín, yo no soy nadie para decir, pero cuánto tienes que aprender. Charlín tiene prisa, quiere dejar todo listo para publicar a final de mes. Argumento: que aquí no tiene ordenador para seguir corrigiendo (él está ahora por su Galicia natal). Sí, ya sé que es un contratiempo, pero ya deberías saber que la literatura no entiende nada de eso. Anoche, Jesús y yo le hicimos limpia al último capítulo. “Trae acá, a ver qué clase de música tiene esto” me dijo Jesús, y la música daba demasiados bandazos, música que necesita de un mayor afinamiento. A veces, una simple nota mal puesta, jode toda una partitura.
Hoy le mando mensaje al gallego para ponerlo al día. Nada, luego me llama y se reafirma, y yo ya estoy a punto de dejarlo todo como está. Amador es un lazo muy débil para mantener el sentido a todo. Para mí falta algo más, pero quién soy yo. Sólo me comprometo ya a hacerte la portada. La tengo hecha ya en mi cabeza, ahora solo es cuestión de poner todo en práctica y encontrar la escena y a los actores apropiados. Eso sí dependerá de mí, milímetro por milímetro.

Ahora, solo me viene a la memoria aquella bella melodía de 'Guaraní', con una de nuestras mejores voces hispanas:

"Guaraníii, como si hablara en Guaraníiii, se ha empeñaado la reaalidad en haceerme sentiir... guaraní, como si yo hablara en guaaraníiii...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Misterios

'Nos vemos después en Mistério'. Sí, no me hubiera importado, pero esta vez tenía otro compromiso en el sur. Un viejo amigo que ha sido triste portada en los periódicos estos últimos días. Toda su historia aireada a los cuatro vientos. Una historia que todavía no se sabe si es cierta o no; una historia de película, como le hubiera gustado a él mismo que fuera toda su vida. Una historia inconformista de verdad. Una historia de fuego y bidones de gasolina, como en aquel famoso título de una novela escandinava de éxito arrollador. Pero, nada, esta historia no tiene nada que ver con aquella, salvo en la imagen que invocaba la propia frase. Una historia de verdad aunque parezca de mentira, quizás por eso se ocuparon largo y tendido en la prensa y otros medios. Todavía fue más inverosímil en alguna otra versión que escuché durante el sepelio, una versión para escribirla si no tuviera estos putos escrúpulos o como coño se llame este ancestral respeto a los muertos. Y más que eso, será el jodido respeto a los vivos más cercanos a él, a los que de verdad estarán bien desolados por su repentina marcha. Nosotros, los que le conocimos, apenas nada en comparación. Una huella que llevar dentro mientras nuestras vidas continúan a lo mismo de siempre, la misma huella que tal vez dejaremos nosotros en los demás. Apenas un trazo, una anécdota, un motivo para hablar sin más trascendencia cuando se tercie. Hasta que el olvido se extienda como una mancha de aceite en un charco, ahogándolo, pudriéndolo por completo. Ya sé de todo eso, y del paso del tiempo y de lo extraño que es este mundo cuando sabes que al fin todo dará igual, que nuestros grandes afanes, nuestras pequeñas conquistas, sólo quedarán ahí, convirtiéndose apenas en nada, en una mera ilusión que casi se irá con nosotros mismos.
Ya llevo encima unos cuantos muertos para saber todo eso. La vida no tiene sentido, amigos (amigas). Da igual, todo da igual, si arriba o si abajo, si a un lado o si al otro. Y, sin embargo, lo que no da igual eres tú mismo; si vives o no conforme a tí mismo, si caes en la mentira mayor de todas, que es el mentirte a tí mismo, el dejarte llevar por la corriente, sin ni siquiera intentar remar. Un remar inútil, sin duda, pero cómo reconforta remar. Sentir que remas y remas, aunque no llegues a ningún lado, porque quien no reme sí que ya estará muerto en vida. Remen, cabrones, remen y remen hasta encontrar suficiente combustible, si eso les place. Pero remen, carajo, que nadie dijo que esto sería fácil. Y cuando ya ni remar tenga sentido, tener coraje para remar por última vez rumbo al viento. Un abrazo, viejo amigo. Por allá nos veremos algún día.
Misterio, sí, todo esto es un puto misterio. Y a pesar de todo...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Si me das cinco euros, te lo regalo

Dicen que por qué ya no escribo, que desde hace un tiempo avanzo fatigosamente en mi blog. Sí, es cierto, escribir sólo es un estado del ser, y últimamente no encuentro mi espacio, todo demasiado revuelto, demasiado rápido y túrbido, como esos embates que anegaron San Andrés. Y del ser y el ente estuvimos hablando el otro día en Tijuana, y luego de otras cosas más en la verticalidad nada subterránea de Atlantic City. Esa tarde yo sólo quería hablar de viajes, de viajes marcados por córvidos de negro plumaje (como ahora apunta JMª). No pudo ser. Parménides tiene la culpa, alegaba Jesús, aunque también fuimos metiendo a otros en el ajo. Ese es nuestro aliciente; que las palabras fluyan, que vayan encadenándose unas a otras para encontrar un hilo de sentido a esa verticalidad etérea, una mera proyección de nuestra mente para poder respirar hondo y sentir vida. Así son los entresijos de las ideas recomponiéndose, recombinándose, para dar forma a lo que sólo estaba en potencia. Y en cada acto, la certeza de que bien podría haber sido de otra manera, aunque ahora ya no sepas qué. Y derivamos por la ontología y la tragedia, quién me lo iba a decir. Y seguimos con lo apolíneo y lo dionisiaco, y ahí volví a sentir mis últimos viajes, especialmente el último a territorio bagañete y aledaños, territorio bendecido por símbolos e historias que me hacen volar. Cuando gracias a Juana fuimos a ver la exposición de Cándido Camacho (el amante de las reinas de la noche), supe que esta vez sí, que tenía que ir a La Palma; la isla de la endecha y su maldición, la isla del santo patrón el Arcángel San Miguel, defensor de los judíos y luchador infatigable contra el diablo. El triunfo de la luz, la belleza y el orden sobre la oscuridad amorfa e irracional, contra la pérdida del principio de individuación, como invocaban los hermanos en Tijuana. Pero en esta isla, una noche el diablo triunfa y entre lenguas de fuego bailamos hasta el amanecer. Dejamos de ser uno para ser uno con todo, y todo se vuelve cornudo, dionisiaco, amorfo, magmático. Y comemos carne de cabra, y bebemos vino y cerveza negra del diablo, y cantamos y bailamos, y saltamos y nos hartamos de esa clase de fuego que no es ni físico ni metafísico, y tenemos cuidado de la cola del diablo, cumpliendo con lo que me susurró el cuervo en La Cumbrecita, y nos despedimos de la isla bajo una nube de grajas volando sobre nuestras cabezas, aprovechando las corrientes cálidas del verano, ascendiendo y dando vueltas y más vueltas, y croando entre aromas de brezo por La Concepción, después de pasar por El Porvenir.
Y nos vamos a San Andrés. ‘Tengo que ir para allá’ decía Jesús con un brillo especial en los ojos tras una llamada telefónica. No sé qué pasó, pero a mí también me entraron ganas de ir. El mundo sigue revuelto y cada uno te ofrece su cachito de vida, como una panoplia de variedad y matices. Ferni me habla de su querida música llanera. Sé que tan solo es un juego, un punto de partida; el juego de reclamar una cierta compensación cuando es la propia empatía lo que está en juego. Esos cabrones que me birlaron el cd del bólido dorado, tienen la jodida culpa, pero no se trata de eso precisamente. De Daví dice Jesús que es un narrador del carajo, y se ensartan a hablar de sus cosas, y yo los dejo en la ventana del Castillo. Hablo con el barman, que ha conocido mundo y me cuenta de tierras americanas. Me doy cuenta de su deje palmero y venezolano, que me recuerda tanto al amigo del Oyente Marcelino. También es chavista y los argumentos se repiten. Ay Dios, qué hacer en este mundo de medias verdades y falsas esperanzas. La única certeza está en el ron que me traje de La Palma, Jesús sabe algo de eso, aunque no se lo merezca por venganzas de serpiente enroscada. Menos mal, que de vez en cuando se deja caer con otra clase de negocios más túrbidos y fraudulentos.

martes, 30 de agosto de 2011

Cotidianas de maresía y ventolera (v)

Ay Irene, hace un par de meses celebrábamos tu nacimiento, un nacimiento tan distinto. Y nos preguntaban ¿quién es esa tal Irene? Sí, no sabíamos entonces qué clase de fuego la alimentaba. En estos días atrás se nos venía anunciando su cara más funesta, poniendo en jaque a la ciudad más poderosa del planeta. Y ahora sigue subiendo más al norte, rumbo al Canadá, ¿quién lo iba a pensar? Dicen que la corriente del Labrador tiene la culpa, y que unas aguas calenturientas por el cambio climático hará que más Irenes de éstas se vuelvan a ver en años venideros. No sé, se ha hablado tantas veces que viene ese lobo, que ya no sabes si creerte el cuento. Lo cierto, es que una extraña cola de ese vórtice americano parece que ha cruzado el Atlántico y nos llega a estas peñas canarianas en forma de olas gigantes. Dicen que el diablo siempre trae una cola muy larga, acabada en ponzoñosa punta. Todo un espectáculo para quien no esté a su alcance, todo un siniestro rumor para los del borde mismo de la mar. Despierta esta mañana la prensa con titulares igualmente agitados y agigantados. El Diario de Avisos especialmente, con primera página inusualmente apaisada, ocupando portada y contraportada. Joder, “¡Nunca más!” y una inmensa foto de las calles anegadas de San Andrés. ¡Nunca más! El pueblo se levanta para reclamar el dique de protección que se les niega desde hace más de cuarenta años. ¡Nunca más! Las aguas saladas y revueltas asaltando calles, casas, garajes, negocios… Me imagino el derrotero de nuestros lugares favoritos. A Chani, a su abuela, a Ferni y Carmita, a los del bar Castillo, al Portugués, a la bella Karima, a Rivero el poeta escondido, al otro Rivero, D. José narrador impenitente… Al parnaso sanandresino todo él ante la amargura de la mar en sus propias casas. De Orlando, no, de él mejor no digo nada, ya tiene con su propia marejada.
Sabe este pueblo demasiado de inundaciones y desgracias, inundaciones de barranco y de océano, con torrentes de monos azules y de tiburones de guante blanco. Todos ellos operando siempre de espaldas, a traición. La torre-castillo se quebró en su día, advirtiendo de los peligros, pero seguimos empeñados en ganar la partida a los elementos, en la puta senda de los elefantes. Así somos todos, tan dados en demostrar nuestra fuerza, tan olvidadizos de los límites, creyendo ganar la partida palmo a palmo. Las aguas, mientras, brincan revoltosas los paseos y avenidas para luego quedar embalsadas, como si de preciado elemento se tratara. Curioso urbanismo éste que ni protege de las entradas ni deja que salgan luego. Pura racionalidad arquitectural, y lo digo porque habría un proyecto, firmado, visado y bendecido, como también los hubo de avenidas y bulevares santacruceros, demostradamente ineficaces y traicioneros. ¿Algo que objetar al pueblo esta vez?
También al sur le tocó algo parecido. Por Las Galletas estuve yo. Pero allí el agua con la misma que entraba, salía. Sí, calles por donde callados y arenales campaban a su aire, pero muy poco de inundación. Ya sabemos que todo arma tiene doble filo, y, una vez más, la barrera valió más de dique que como impedimento.
Las olas reventaban en los picachos de afuera, la Baja de Las Galletas continúa siendo su mejor protección, con sus aromas de verde marino y sus formas de capricho volcánico. Las olas entran poderosas hacia La Ballena, por allá de la Punta del Viento. La gente se arremolina y deleita con la espectacularidad de los espumarajes y los golpes de mar que hacen vibrar el terreno que pisan. Los románticos hablaban de la grandiosidad de lo natural y del sentimiento sublime que precede al horror de sucumbir ante ella. Y yo rememoro las palabras de uno de aquellos espectadores improvisados:

El murmullo de la rompiente en una noche de callados sueltos,
Viajando libres por peatonales y avenidas,
Una noche de chapoteos y voces que piden auxilio.
Y tú, durmiendo como una niña sin pastis con las que juguetear
Orgullosa del sacrificio y riendo el encuentro,
Soñando verano en tu silla roja, de espaldas al mar.

jueves, 25 de agosto de 2011

Cotidianas de maresía y ventolera (iv)


Llevaba varios días sin saber de ellos. Nada, ni móviles ni fijo, ni respuesta a llamadas perdidas ni a mensajes. Totalmente Out, como si estuvieran fuera del mundo civilizado de las ondas comunicativas. ¿Joder, qué les habrá pasado? Me preguntaba ya. Al fin, un mensaje escueto: “Estamos en La Gomera”. Oká, ahora sí. En La Gomera, los dulces tortolinos… ¡Cabrones! y yo preocupado, al borde casi de llamar a bomberos, hospitales y BRIFOR (Brigadas Forestales, por si les había dado por la cosa verdulera y hippie).
La Gomera. Joder, de La Gomera tengo muy cerca un grato recuerdo. Sobre el mueble de la sala veo aún el gánigo que me traje una vez de Chipude. Suvenir de mi última estancia turístico-familiar. Sí, ya sé que últimamente estoy muy family, entre otras cosas. Pues eso, una magnífica cerámica de acabado tosco y minimalista en las formas (que así queda más chic), de un oscuro rudo y ancestral. No es un gánigo cualquiera, sino una reproducción del que presenta asas vertederas a ambos lados (y así quedo como entendido, los arqueólogos me confirmarán). Cuentan que así era el gánigo ritual de los acuerdos sellados de común, que una vez llenado de leche de cabra debía beberse por ambas partes, cada una por su asa correspondiente, en símbolo de sumo compromiso y alta traición en caso de incumplimiento de lo pactado.
Cuentan que el sabio aborigen Hupalupa después de repetidas advertencias a Hernán Peraza, Conde y Señor de la Isla por aquellos tiempos, se cita con el joven guerrero Hautacuperche en la Baja del Secreto para concebir la venganza por el honor mancillado de su querida Iballa, novia prometida a éste, y por la ofensa de la relación entre hermanos de linaje, iniciando la famosa ‘Rebelión de los gomeros’ (eso era allá por el 1488). Parece que Hernán Peraza había incumplido el pacto de colactación del cantón de Ipalán al que pertenecían tanto el Conde como la bella princesa aborigen, considerándoseles por ello como si fueran hermanos de sangre. Es decir, cuando Iballa sucumbe a los amoríos de Hernán Peraza, su afrenta incestuosa viene a colmar toda una serie de agravios que el castellano ya imponía a una isla que no había conquistado sino pacíficamente, gobernando en ella por acuerdo con sus naturales isleños, entrando a formar parte de su linaje en virtud de dicho pacto de colactación, lo que imponía toda una serie de compromisos y obligaciones a ambas partes y que Hernán se empeñaba en no respetar. “¡Ya el gánigo de Guahedún se quebró!” gritaban y silbaban silabeando por las montañas gomeras. El gánigo del acuerdo sellado se quebró y Hernán pagó con su muerte semejante ultraje. No importaba que fuera hombre casado con Dña. Beatriz de Bobadilla y Ossorio, sino su atrevimiento por no respetar una de las reglas inquebrantables de pacto de colactación. Así, aprovecharon una de sus repetidas incursiones en busca de su amada Iballa para que en el paso de Aguedun (donde ahora dicen Degollada de Peraza) emboscarle, ejecutando Hautacuperche la muerte prometida en la Baja del Secreto.
Pero ahí no quedó la cosa, pues los aborígenes envalentonados con el fallecimiento de Hernán Peraza, extendieron la rebelión hasta los dominios de La Torre defensiva de San Sebastián. Allí se refugió la Bobadilla, viéndose sitiada por las huestes de Hautacuperche, que hacía gala de notable valentía y agilidad para esquivar flechas y lanzas delante de la guardia castellana. Parecía no haber forma alguna para darle caza, lo que enardecía a los gomeros y alimentaba su aura de guerrero invencible, su baraka, lo que les llevaría a una victoria segura. Hasta que organizaron desde La Torre una treta para distraerle lanzándole más flechas desde las almenas mientras asomaba por una tronera inferior otro arquero que de manera muy disimulada disparó al guerrero por el costado sin que se diera cuenta, alcanzándolo sin remisión.
Herido de muerte Hautacuperche, se sembró el desconcierto entre sus tropas y el hechizo de una victoria libertadora se deshizo como el humo. Los gomeros terminaron por huir en desbandada, creyendo que con ello se daba por saldada la batalla. Sin embargo, Dña. Beatriz (personaje literario donde los haya, aunque por desgracia pobremente aprovechado hasta ahora en nuestras letras) pidió ayuda a Las Palmas. Más tarde, reforzado su poder militar, toma venganza de la muerte del Conde (así como de la magnífica cornamenta que le había quedado) apresando a muchos gomeros para venderlos como esclavos en los puertos de Sevilla y Valencia. De nada sirvieron los silbidos de aviso en la distancia para el escape o los intentos de conseguir represalias más leves para ellos. La señora condesa no acostumbraba a templar gaitas y no quería saber de más levantamientos en sus dominios, lo que, por otro lado, también le proporcionaba pingües beneficios.
Leí hace poco la novela de García Ramos, “El guanche en Venecia”, y las pinceladas que de esta mujer allí se ofrecen, han redoblado mi interés. Ambiciosa y muy bella mujer, siempre en el centro de las intrigas del poder y de la vida cortesana de la época. El Rey Fernando, la Reina Isabel, Hernán Peraza, Cristóbal Colón, Fernández de Lugo… Menuda mujer. Dicen que murió envenenada por tierras peninsulares, pero como eran muchos los enemigos, a saber quién fue. También dicen que la misma Isabel nunca la perdonó, molestándole no sólo aquellos deslices con el Rey, y que motivaran el destierro de tan alta cortesana a las islas atlánticas recién conquistadas, sino su posterior pretensión de hacerse con el gobierno estratégico de todas las Canarias, en un momento en que actuaban como necesario nexo para el flujo americano.
Les mando, pues, mensaje a los tortolinos para que no dejen de pasarse por los alfares de Chipude, pero luego me entero que no pudieron ir por allí. Lástima, otra vez será. Espero que no se hayan olvidado del gomerón que también les encargué. No sé cuándo se inventó tan exquisita combinación de miel de palma con parra, pero de haber existido cuando los tiempos de Dña. Beatriz, seguro que se le habría ablandado el corazón, contentándose con que, como desagravio a lo sucedido, sus aborígenes la tuvieran siempre bien aprovisionada de semejante elixir.