miércoles, 12 de mayo de 2010

Putas gallinas

Esta mañana llovía en La Laguna. Llevaba a mis hijas al colegio en medio de la marabunta de vehículos ocupados en llegar cuanto antes a sus destinos. En la autopista voy detrás de un camión de gallinas, cientos y cientos de pequeñas jaulas de plástico, apiladas hasta lo más arriba para aprovechar el viaje. Llovía y pensé «Pobres gallinas, mal día para viajar así, casi a descubierto». En eso pensaba cuando me desvío hacia la rotonda del Padre Anchieta, todavía en paralelo a la autopista. Al hacerlo nos quedamos a la par con la carga de gallinas, pero, según avanzaba por este carril, nos íbamos quedando cada vez más altos con respecto al camión, hasta ver la parte alta de la montaña cúbica de jaulas. «¡Mira, una gallina!» grita mi hija. «¿Una, serán mil y una?» pienso. Miro de nuevo y veo que una de las jaulas de arriba se había abierto y una de las gallinas se había salido fuera. A duras penas se agarraba con sus patas para no ser llevada por los aires y soportando como podía aquella fina lluvia lagunera. Y pienso en que todos vamos igual de enjaulados por esta vida, como gallinas al matadero. Sin saberlo. Y pobre de aquél que se eche fuera de su jaula para embriagarse de una falsa libertad; tullidos como estamos de tanto tiempo enjaulados; ateridos por los fríos nubarrones que se ciernen en la distancia; amordazados por la autocomplacencia y nuestros pequeños cálculos de ombligo; esperando que este camión nos conduzca, sin más, a dulces granjas donde disfrutar mejores días. ¡Qué ilusión!

domingo, 9 de mayo de 2010

Chaxiraxi (Ombligos Culturales-VII)

El comentario de Jesús a la anterior entrada me recuerda que La imagen de Chaxiraxi también está por hacer. El asunto es serio. No sé en qué han estado pensando estos nacionalistas (¿culturales? ¿políticos?) de pacotilla. Con sus asunciones de nacionalismo de izquierda, algo imposible por contradictorio (JMª y yo ya hemos discutido algo de eso y estamos de acuerdo), todavía no se han dado cuenta de que si hay algo para dar solidez a sus planteamientos eso es la religión. Nacionalismo, fe, religión, vísceras, patrias, banderas, sangre… ¡qué más da! Chaxiraxi al poder. Algo de eso aparece en la novela de Javier Hernández, La identidad fragmentada, pero la historia "real" es mucho más fuerte, más profunda, más sugerente. Un pozo simbólico de donde beber cantidades a raudales. Pero no, ni una sola representación de Chaxiraxi (tan distinta) he visto nunca para llevársela a casa o al salpicadero del coche por un módico precio. Sí las hay, a millones, de la imagen actual, la popular morenita, pero devaluada de raigambre ancestral. Y la gente (el populum) es muy devota en eso, pero nunca se han preocupado de rescatar a la diosa primitiva, a la que sí adoraron los guanches, con su energía antigua, sostenedora del universo, fuego primigenio y trascendente que representa su candela, luz de vida y clarividencia... Si hay una explicación para que el nacionalismo canario no arraigara aquí masivamente desde el XIX, creo que también puede estar relacionada con esto mismo. Y la desaparición física de la propia imagen en el huracán del 7 de noviembre de 1826, algo tuvo que ver en eso. Justo al tiempo en que el volksgeist alemán se fraguaba. No hay nada más hondo y arrebatador, original y originario, oriundo, vernáculo, indígena… al mismo tiempo que actual y contemporáneo, vívido y vivido. Sólo hay que tender un puente simbólico en el reverso de lo católico. Los tiempos están para eso, así lo entendí cuando ayer me encontré con semejante caterva imaginaria. O quizás… todo ha sido un mal sueño. ¿Un sueño cultural o político?… Tampoco lo sé. De momento, prefiero el sueño futbolero del Tete, igual de imposible, igual de arrebatador, igual de ombliguista.

sábado, 8 de mayo de 2010

Buscando al santo de mi devoción

Esta mañana mi hija tenía partido de baloncesto. Repartimos tareas y a mí me tocó ir a Candelaria, donde era el encuentro baloncestístico. Las Juventudes Laguneras ganaron al Uni santacrucero por 41-27. Buena revancha después del anterior encuentro disputado entre ellas.
En los prolegómenos, me doy una vuelta por la villa mariana. Por la calle principal que va a la plaza y la basílica, busco un estanco para comprar la prensa. Quiero entretenerme con los comentarios sobre el Tete para el partido de esta tarde. Jesús me dijo que iba a ir, y yo, al final, no voy a poder estar allí, otros deberes inexcusables me llaman. Mientras camino por esta calle de Obispo Pérez Cáceres, me encuentro con un establecimiento imposible de dejar escapar. Es La Casa de las Imágenes “Donde encontrar el santo de su devoción”. No es lo que buscaba inicialmente, pero entrar aquí fue todo un descubrimiento. Estanterías y vitrinas abarrotadas de santos, vírgenes, colgantes, estampitas, velas para todas las necesidades espirituales: la verde para la esperanza, la marrón para la generosidad, la azul para la armonía… ¡Qué sé yo! Olía a sándalo y a pesar de la aglomeración beata, la atmósfera me resultaba recogida y mágicamente kitsch. Busco una imagen de la primitiva Candelaria, la vieja Chaxiraxi. No, no la encuentro por ningún lado, sólo la representación más reciente en sus múltiples formas y soportes. En varias de ellas aparece una etiqueta que pone “Especial para exteriores 650€”. Doy la vuelta a los primeros expositores y me encuentro entre budas y otras representaciones que desconozco. Bueno sí, me fijo, muchas son cubanas y venezolanas. Allí veo, en un estante donde pone “Serie económica”, a Las tres potencias: el indio Guachipuro, el negro Felipe y, en medio, a la reina María Lionza. Magnífica pieza, aunando a las tres fuerzas en una base común. Por otro lado, veo los bustos de Don Juan del Amor y de Don Juan del Dinero; más allá, Pombagira, una reina desnuda en su trono, con capa y corona. Luego, Exu Brasa y Exu Trancarva, diablos de piel roja. La mezcla de divinidades parece no tener fin. En la vitrina contigua, toda una serie de ungüentos de baño y despojo, contra el hechizo y el mal de ojo, luego el Niño de Atocha y la Diosa del Mar Yhemanjha, con su hermosa figura en ceñido traje azul, con estrella en la cabeza y unas pequeñas bolas en las palmas de las manos ¿perlas? Sigo y veo varias imágenes del santo Hermano Pedro y también a San Lázaro con sus muletas y heridas lacerantes. Otros santos y vírgenes se suceden en abigarrada disposición, San Jorge luchando contra el dragón, San Miguel poniéndole un pié en la cabeza a un diablo, curiosamente con cara de benehaorita, bustos de José Gregorio con etiqueta en la base que pone “Siervo de Dios”, la virgen de la Caridad del Cobre “Patrona de Cuba”. Después, una sección dedicada a Los Arcángeles, da inicio a los expositores de “Imaginería fina”. Ahora los precios ya tienen cuatro cifras. También me encuentro a San Andrés “Bendito”, Patrón y protector de las bodegas… y su miniatura me la llevo para ponerla en el salpicadero del coche.

viernes, 7 de mayo de 2010

Pupilas

Nada que mencionar hoy del Mercadona. Compré una sama para asar al horno, no muy grande, calculando que diera para dos raciones. Todavía tenía sopa de marisco de la que había hecho el día anterior. Nada extraordinario, con almejas del Pacífico y gambas de las marismas de Kerala, al sur de la India. Todo muy oriental, empaquetado y globalizado. Las papas tampoco eran de aquí, de Israel, creo. A lo que hemos llegado. La sama parecía fresca, veo el brillo de sus pupilas, pero tampoco me extrañaría que fuera de Senegal o así. Lo que sí creo que fuera de aquí es la bandeja de doradas; hermosas, fresquísimas y ajauleadas. Prefiero la samita africana.
Dejo las cosas en casa pero me acuerdo de que tenía que hacer un ingreso en CajaCanarias. Vale, así aprovecho y compro unos gajos de albahaca para rellenar la tripa del demersal. La oficina que me pilla de paso para conseguir la yerba aromática está hasta los topes, y sin numerito que te permita sentarte mientras esperas. Circulo en busca de otra, subiendo para La Higuerita veo sucursal y aparcamiento. No me lo pienso dos veces. Cuando entro me dirijo a la maquinita expendedora de números. Joder, C-181, miro a la pantalla y veo C-159. Uff, tomo asiento con desgana y espero a ver el ritmo que lleva aquello. Las caras de la gente siempre serias; el sonido de las impresoras matriciales le dan a la estancia su necesaria impronta sonora; dos se enseñan mutuamente sus tickets y hablan con gesto preocupado. El tiempo y los dineros no están para juegos. Más allá, hay una chica morena de pelo corto y blusa blanca de asillas. Su hombro y antebrazo derechos lucen un conjunto de estrellas y motivos florales tatuados. Muchos no están terminados, sólo perfilados, como a medio hacer, no sé si por falta de dinero o de tiempo. Sólo la miro brevemente, no quiero que piense… Vuelvo a mirarla (creo que es lo único que me interesa de este paisaje inquieto y hosco). Lleva pantalones cortos y cruza sus piernas, destacan sus pies con sandalias romanas negras, a la moda, luciendo uñas con un impecable lacado rojo. El contraste de colores y el conjunto es armónico. Creo que se incomoda y se levanta para dar una vuelta a ver si pasa el tiempo más rápido. Veo ahora su espalda y por debajo de los hombros siguen los tatuajes. A la izquierda, y en negro, una especie de hoguera con pies hacia los puntos cardinales. No sé qué puede significar. Hacia el cuello progresa toda una retahíla de pequeños signos de grafías exóticas. Todo un libro abierto, aunque cabalístico. Dejo de mirarla y veo otra vez mi reloj y calculo: número de clientes y tiempo transcurrido. No me salen las cuentas. Bueno, siempre hay una probabilidad de que algunos se hayan cansado y no se vayan a presentar cuando les toque, pero aún así… Todavía hay que preparar el pescado y su guarnición, meterlo todo al horno… No no, esto no me sale a tiempo. De pronto, la chica de los tatuajes pasa de largo hacia una de las ventanillas y yo me levanto para marcharme de allí. No me dio tiempo de mirarle a los ojos, qué torpeza, me hubiera gustado saber qué signos llevaban sus pupilas… de camino a la ventanilla número tres.

jueves, 6 de mayo de 2010

Mirando coches

En mis idas y venidas por el barrio siempre encuentras personajes que están en otra onda, funcionando en clave particular y distinta. Uno de ellos me inspira un pequeño relato, pura ficción, pero con un sustrato de realidad. Como siempre en literatura y como en todo este blog, y, si me apuran, como en todos los blogs del mundo ¡Y que no me pregunten de porcentajes! esto es otra cosa. Lo que cuenta, como siempre, es el resultado. Allá va:


Miro los coches que pasan. Sí, me planto en el borde de la acera y espero a que las horas y los días pasen. No soporto quedarme encerrado en mi casa, las paredes se me vienen encima. Definitivamente prefiero estar ahí, viendo pasar los vehículos en su incesante discurrir por la rotonda de Las Moraditas. Ya han pasado aquellos días en que los mocos y las babas me bajaban por el rostro y colgaban en hilachas desde el mentón. Comprendo que a la gente no le gustara mi aspecto, pero es que necesitaba salir como fuera, coger aire y sol. Tenía un tratamiento bien fuerte esa vez, me aturdía hasta el punto de ir por el mundo como un zombi, con el automático puesto. Fue entonces cuando descubrí que mi lugar ahora era ese, justo delante de la cafetería Canarias. Siempre acababa ahí, no importa los recorridos que diera. Me fío de mi automático, de la intuición pura. Desconozco la razón por la que me guió hasta aquí, pero ahora entiendo que éste es mi lugar. Nadie lo comprende, me ven ahí horas y horas, sin hacer nada, pero mi cabeza bulle como un caldero hirviendo. Muchas veces el semáforo se pone en rojo y la gente se para justo a mi altura. Veo sus miradas esquivas, su incomodo. No quieren verme, no quieren darse por enterados que estoy ahí, delante de sus narices. Alguno se atreve a mirarme, incluso, un par de veces me han mirado justo de frente, con miradas retadoras. Yo no puedo dejar de mirar, de pie, justo al borde de la acera. Y pienso en mi vida anterior, en los detalles que se me escaparon, en lo que significaron para haber tomado otro rumbo. Nunca me gustó mi vida, no sé por qué, pero no se ponía de acuerdo con lo que sentía, con lo que podía hacer. Siempre arrastrado por las aguas hasta orillas a las que no quería llegar, siempre mirando la orilla contraria con deseo y ansia. Es curioso, estas mismas elucubraciones son las que me han llevado a la situación actual y nunca me dejaron disfrutar de las cosas tal cual se iban dando. Siempre insatisfecho, pero la gente me saludaba y creían ver en mí a una persona importante. Ahora que por fin hago lo que quiero y me siento bien, tranquilo, la gente me rechaza, me ignora, me deplora. No hago mal a nadie, pero las pongo en un compromiso, las intimido, y no puedo cambiarlo. Ahora la desconexión entre yo y mi cuerpo es de tal calibre que ya no consigo hacerme ver, hacerme entender. Casi soy feliz por dentro, pero mi triste figura es opaca y sólo ven al pobre esquizofrénico y tarado de por vida.