martes, 17 de mayo de 2011

Del G21, reseña prometida (I)

De Generación G21: nuevos novelistas canarios decir que en general se nota el buen oficio narrativo de todos los autores seleccionados, contando historias fluidas que se dejan leer con bastante gusto. Ahora bien, en nuestra subjetividad como lector, siempre tendremos preferencias por determinadas temáticas o por la manera de crear atmósferas y personajes, así como encontrar detalles por los que no nos acaben de parecer cuentos redondos. Y, así, sin ningún afán de purismo ni animadversión concreto, a ello voy.
De “Vino el azúcar” por Víctor Álamo de la Rosa, me gustó el particular tratamiento que hace de su narración, casi parece emanada de la propia oralidad de una isla pequeñita, pero sin caer en arcaísmos ni retruécanos populacheros, algo que nunca me gustó. Echo de menos, quizás, un poco más del magma que un Ignacio Gaspar sabe imprimir a sus textos, por citar a un escritor que trabaja esa misma raíz y ambientación literaria. En cambio, sabemos de Álamo sus grandes dotes para narraciones de más largo recorrido, algo de lo que en Gaspar aún está por demostrar, pero para la corta distancia...
La lectura de “Huellas en el barro” de Álvaro Marcos Arvelo, me produjo aún más medio fuelle. Una historia que, como el ‘Humo’, viene y se va con el viento de su reflexión existencial. Demasiada recreación en brisas y yerbajos, creo, sin llegar realmente a la ambientación descarnada que la historia requería. Una buena historia que por momentos se quiso fetasiana, pero que invitaba a más cosas de las que ofreció, como si le faltara cierto empuje y orfandad.
“Isabel y los visionautas” de Víctor Conde. Buena ambientación, con dominio de ciertas claves narrativas de ese género de ciencia ficción, pero con un final que se regodea en la propia fantasía, sin acabar de contarnos algo de nosotros mismos. ¿El deseo de volar? Esperaba mucho más de la mujer sombra y el abismo que emanaba. ¿Quién pensó en volar después de que apareciera ella?
“Vida, pasión y muerte de Felipe Marqués” de José Luis Correa, historia delirante en el humor, que a mi modo de ver la emparenta al relato de Cristo Hernández Morales, “Las seis caras del azar”. Bien llevadas ambas en sus distintos andares narrativos, pero con finales de regusto muy distinto. En el segundo, aún siendo una historia muy original y atrevida, Cristo no supo esconder lo suficiente el final. Quizás, cualquier otra explicación al comportamiento de ella podría haber albergado al mejor cuento de la antología. ‘La vida… de Felipe Marqués’, sin embargo, tiene esa magia de meterte al personaje en la piel y terminar satisfecho, a pesar de un final muy literario, demasiado literario tal vez. Ya ven, así de inconformista me siento hoy.
En “Otra vida” Alexis Ravelo también me defrauda un poco al final, después de un más que prometedor e inquietante comienzo; el de la realidad o locura de los recuerdos del protagonista. ¡Qué difícil es esto de los finales! Siempre enalteciendo o arruinando buenas historias, en ese arte casi siempre duro e ingrato que es escribir. Historias para solo quedar al borde de la memorabilia de este género en las islas. Historias que dan ganas de darle un toque distinto a ver qué pasa, a ver si la magia pitagórica del tetraktys se completa.

sábado, 14 de mayo de 2011

¡Qué bárbaro, lo de Bárbara... y lo que vino después!

--¡Corre, date prisa que ya llegamos tarde! --¡Coño, ahora me vienes con prisas! --Pues claro, ya te dije que estuvieras preparado. Bueno, igual tampoco es para tanto. Tan solo es un encuentro de poesía, no creo...
Entramos a buen paso por el callejón de Gonzalo y solo llegamos con cinco minutos de retraso, pero evidentemente aquello había empezado ya y el local estaba de bote en bote. El encuentro "Poesía a la carta", organizada por La Gatera en la Librería Bárbara de Los Cristianos, había resultado un éxito de público. El local, en pleno corazón playero, no es que sea muy grande pero para un evento de esta clase... (ver fotos en http://cocteleemos.byethost6.com/fotos120.html) Pues nada, a duras penas encontramos acomodo en el pasillo trasero, con un libro de Canarias que sobresalía del estante y me cortaba las costillas en dos cada vez que mi cansancio trataba de aliviarse con algún apoyo lateral. Menos mal que los curiosos y advenedizos comenzaron a dejar algunas sillas libres.
Empezó Dña. Balbina Rivero, invitada especial, y luego los demás poetas que departían versos y más versos. Servilio Casanova se llevó muchos aplausos por su inspiración 'titánica'. Tanto fue el ánimo que cogió el hombre, que luego se encargó él solito de hacer trampas con la lectura del poema de su carta (para enfado de Sonita). Antonio Núñez declamaba actuando y sobreactuando (pudo más que él, lo lleva en la sangre). Dña. Nati sorprendió por su fuerza y saber hacer, aunque con clasicismo. Fela, releyendo versos setenteros guardados en una libreta. Lorenzo recordando la primera impresión al llegar a la isla, como quien encuentra la tierra prometida. Y según él la encontró. Uf, y muchos más que no puedo seguir nombrando, hasta que llegó Jesús serpiente y la armó. --Este poeta que la suerte me ha dado es un mal poeta. --Dijo pronto. --Y como mal poeta ni voy a decir su nombre. --Pero un mal poeta se arregla con un buen recitador (ya te conocemos). Y el recitador comenzó a leer de culos, coños y pollas, con tan buen acierto, que la gente reía y reía, y disfrutaba. Hasta el Lagarto Linares parece que dijo ¡Esto se anima! Y tanto se animó que hasta un espontáneo brincó al escenario armado con tres o cuatro armónicas (Sonita ya muy nerviosa), comenzando a improvisar un blues con la guitarra de Sergio que hasta ese momento había acompañado, discreta, las voces de los recitadores. --¡Que no, que no! --gritaba Antonio --¡Que es un profesioná que ha tocado con los Celtas Cortos!
En fin, una velada animadita y una nueva disculpa para saludar a muchos amigos del sur. Cuando J. y yo nos retirábamos apareció un conductor de carruaje deportivo, y, interrumpiéndonos el paso de peatones, nos estampó: ¡Hola, guapetones! Menos mal que la sonrisa lasciva se centró en J., aunque mi escandalosa risa posterior creo que acabó demasiado pronto con el inesperado idilio. Eso fue en la misma esquina del Valdés Center, al lado del ahora afamado 'bazar chino'; en la misma esquina donde rodaron cabezas (literal) a la mañana siguiente por un supuesto mandato divino. Así lo supimos en El Capitán, incrédulos ante la pantalla televisiva en medio de las noticias de Lorca, y de camino a los barrios altos de la Gran City de esta tierra. ¡Qué bárbaro, qué bárbaro!

miércoles, 11 de mayo de 2011

ran ran ran... capicúa

Ran ran ran... Las lonchas de carne jamonada caían junto al ruido del extraño bucle sonoro de la máquina. La operaria dibujaba con sus manos enguantadas el movimiento calculado y repetitivo de siempre. Ran ran ran... Las lonchas caían una tras otra, amontonándose sobre el aséptico papel de envolver. Carne mil veces cortada y trasegada hasta formar una masa compacta y uniforme. Mil féculas de relleno, mil vidas de manada, mil jaulas de racionalismo minimalista, mil mataderos diseccionando en el anonimato de la sangre y la pericia, mil brazos de frío acero, mil machetes de filo inoxidable. Qué más puedo decir. Qué más me cabe esperar. La mirada absorta en el mostrador de la luz ionizante, el sonido hipnótico de las máquinas. La dulce sonrisa de las mercadonnas con el regusto amargo de las muchas horas y el poco rendimiento. Apenas dos mundos que rebotan sin chispazos. Y, una vez más, debo salir corriendo al coche en mitad de la cola para traer la bolsa olvidada antes de que llegue mi turno. Y frente a la cajera... --¡ocho, ocho, ocho; capicúa! --Y yo mirando incrédulo aquel fuera de guión. --¡8,88€, capicúa! --Vuelve a repetir. --Sí sí. --Le devuelvo la sonrisa y no acabo de comprender que esta compra me haya salido tan barata. ¡Lo del capicúa me la trae al pairo, señora! (sólo lo pienso) ...¡Que no está el horno ni para esta clase de bollos!

Ran ran ran... la vida incesante y sin parada donde poder bajar. La vida anodina y doblegada al espectro. Ran ran ran... la parodia sin fin.

domingo, 8 de mayo de 2011

martes, 3 de mayo de 2011

Nada nuevo en el platanal

Nada nuevo, esta mañana, por el callejón de los secretos a voces. Recorro lentamente las entradas y zaguanes, mirando a un lado y a otro, y nada. Tampoco nada nuevo esta mañana por mi barrio, tan solo los restos fatuos de alguna manifestación crucificada (esta ciudad es así). Me voy volando al bosquecillo de plátanos por los alrededores del Campus. Hermosas avenidas con amplitud suficiente para respirar esos aires nuevos y renovadores del conocimiento, cual valquiria cabalgante hacia el horizonte. Están hermosos los plátanos en esta época, el hermoso brillo de su reverdecer de hojas tiernas, casi recién brotadas después del duro invierno, con sus bellos matices y la textura de sus hojas hendidas. Vuelo más lejos aún, a los más bellos platanales que he visto, de grandes y hermosas copas que dejan casi en ridículo a los de este Campus que se enseñoreaban bañados en aires de sabiduría. Son los de Regent's Park cuando nos desviábamos de Chester Road, los de Hyde Park orilleando The Serpentine rumbo al Lido Café, son los de Cromwel Road o los de Victoria Embankment y tantos otros. Pero miento, los más bellos platanales los vi en otros tiempos, entre olores a guano y foferno, entre la podredumbre de troncos y badanas botados sobre la tierra húmeda, tiempos de aromas a clorofila y sabia mineral. Eran otra clase de platanales, sí, ya lo sé. Era cuando dispararon al pájaro negro y cayó muerto, así de fácil. Era cuando pescábamos carpas a escondidas hasta que nos fustigaron con nuestras propias cañas de pescar mientras corríamos ligeros y en desbandada por el platanal. Cuando recogíamos, colgadas de los paredones, las latas de aceite llenas de lagartos para echarles agua hirviendo y ver su desesperada salpicadura hasta perder las fuerzas. El dulce olor de la carne cocida hasta lanzar sus cuerpos inertes a la tierra de donde habían salido. Eran los tiempos de bajar a la costa a lapiar y tirar tambores a la mar en medio de la resaca. Ese estentóreo olor a bajío ya nunca me abandonará. Deslizándonos por los caminos viejos y escondidos entre los basaltos del platanal. Eran esos tiempos, y ya no sé por qué volé hasta allí. El aburrimiento de un jodido día sacralizado, supongo. Puro tánatos.