lunes, 20 de junio de 2011

Algo se mueve por abajo

A veces, con un par de imágenes te resulta suficiente. ¿O son un par de textos? Bueno, sea como sea, la sensación de clarividencia sólo es momentánea, pues hay muchas más cosas que decir. Sin embargo, el fogonazo es agudo y deja mella. Si te dejas, claro.



jueves, 16 de junio de 2011

Cosas de mercadonnas

--Pues si vas al sitio ese que te digo, te va a quitar todo eso tan crespado que tienes. Yo fui y mira cómo me dejó. --Y se echaba mano al tocado, acariciándolo levemente.
Sí, yo también me siento algo crespado. Quizás, también debiera visitar ese sitio a ver si encuentran algo para mi crespado batatero.
--Nada, perdonen. --Se disculpa ante la cola-- Pero es que esto es así, tenemos que aprovechar los cambios de turno para hablar. (sonrisa) --Nada, Candy, no te disculpes. Me acabas de dar una magnífica idea.
Ahora acabo de recibir un ejemplar de 'Lunar Caustic', algo así como luna caústica o lunar caústico, había pensado. Luna caústica como la de anoche, que no vi. Magnífico lunar sangrante con fondo de negro profundo y abismal.
Pero nada de eso, la nota del traductor me saca de dudas, Lunar Caustic significa 'nitrato de plata', según la alquimia medieval inglesa. Nitrato que dio lugar a la fotografía, a la fotografía que tan fuertemente criticó Domingo-Luis la otra noche (antes de la batatada). --La fotografía es un arte perverso (decía, o algo así). Y si no, les invito a que repasen su álbum de fotos. Cuál de todos esos 'yoes' seré 'yo', se preguntarán. La fotografía tiene ese raro efecto de fijar unívocamente la multiplicidad que somos. --O de ofrecernos explícitamente esa multiplicidad al repasar todos esos 'yoes' sin más laberintos ni panoplias de espejos, diría yo.
Lunar Caustic, una lectura recomendada. Si el Malcolm Lowry de Bajo el volcán es el Paraíso de su particular Divina comedia, Lunar Caustic es su Purgatorio. Pues allá vamos, a mi purgatorio particular. Igual, ya me hacía falta entrar por allí. El que me lo recomendó así me lo hizo saber, pero no para expiar mis culpas (o también por eso), sino para entender ese mundo, ese río de almas perdidas que suben las rampas de la montaña de Dante Alighieri.
Igual me vuelvo a crespar. Afortunadamente, ya sé a dónde acudir.

miércoles, 15 de junio de 2011

El sistema financiero o las Hermanitas de la Caridad

Anoche llegaba muy ufano a nuestro terraceo el Oyente, repartiendo batatas cual cultivador minifundista de las medianías canarias. Nos otorgó una al Hermano y otra a mí. Seguramente debimos estar muy brillantes ayer tarde en el programa-república bananera, según daba a entender el jefe máximo, Curbelo, por aquello de las continuas rencillas por el poder, sublevaciones, deposiciones y demás. Pero quizás deba reservarse otra para él mismo, tan gustoso de cultivarlas y otorgarlas alegremente. El Oyente (que no escuchante), ese que no argumenta sino a toro pasado, y ni siquiera eso, sino que rápidamente se cobija a la sombra de un buen mato, ese que rápidamente emite un veredicto como si fuera el Pontifex Maximus de las ondas hertzianas, pero que se niega a estar en la batalla, a dejar al descubierto su propia batata. En fin, ese que se deja encandilar por la verborrea economicista poniendo al sistema financiero a la altura de las Hermanitas de la Caridad o más, pues, según dice, gracias a él tenemos hospitales, autopistas, etc. Sí, claro, gracias a él tenemos todo eso, muy bien, gracias (es que no me había enterado), pero como si todo eso fuera ¡de gratis! Nada, nos lo han regalado todo. No sé qué habrán hecho con nuestros impuestos, ese gran descubrimiento del beneficio privado que siempre acaba produciendo pingües beneficios públicos. Será por eso que no hay crisis, nos la hemos inventado. No sé de dónde viene la deuda acumulada de las administraciones públicas. Ah sí, todo se resuelve por la coyuntura de la economía globalizada, no sé a qué vienen todas esas críticas a ZP entonces; es todo eso que se le escapa de las manos nacionales, como si a cualquier otro con las siglas que fueran no le hubiera pasado lo mismo, la misma coyuntura internacional en cualquier caso. ¿En qué quedamos, pues, ZP-Rajoy, coyuntura-globalización?
El experto en economía contento con el funcionamiento del sistema financiero; no hay nada que reprochar, no hay nada que reformar. ¡Nada! Me habré inventado yo eso de que si no es por la enorme inyección de dinero público el sistema se nos cae enterito. Sí, ya sé que la caída hubiera sido peor, eso ya lo sabemos, pero que no vengan ahora a decirme que todo ha funcionado estupendamente, que no ha habido ningún agujero que rellenar, que no ha habido demasiada alegría financiera, y que ahora pagamos los de siempre. Porque cuando hay que tirar de la manta siempre es hacia arriba.
Por supuesto que todos participamos del sistema financiero (ese otro gran descubrimiento), pero no es lo mismo hacerlo en calidad de inversor que en calidad de deudor. Y éstos somos la mayoría. Deudor hipotecario, por ejemplo, de esas clases de hipotecas que no serían legales ni siquiera en la mismísima América del Norte, pues son préstamos personales camuflados de hipotecas (algo que denuncia hasta el PP), esos que aunque entregues la casa porque no puedes pagarla, pesa sobre ti el embargo de todos tus bienes actuales y futuros aunque el banco pueda saldar las cuentas al vender el inmueble. Ya vemos cómo se tapan los agujeros financieros. Así es como se las gastan las supuestas Hermanitas de la Caridad. Porque, eso sí, los sueldos de los altos ejecutivos no se tocan, las altas rentabilidades financieras es para costearlos, stock options incluidos hasta cuando hay pérdidas y han tenido que insuflarles millonadas (la denuncia no es mía, ni de ZP, claro, sino del mismísimo presidente de EEUU).
En fin, todo va muy bien o a lo sumo es ZP quien ha de tener toda la culpa, porque al sistema financiero no hay quién le diga nada. Y así se dice, como si fuera una originalidad incluso. Y luego están los Oyentes, que aplauden y se cobijan. Brillante, todo muy brillante... hasta cegar.

martes, 14 de junio de 2011

¿Quién es esa Irene?

--¿Quién es esa Irene? --Le decían por doquier.
Y el eco de Irene se extendía entre las adelfas del jardín. Oasis de marinero en tierra, hogar de centímetros bibliográficos, rincón de tertulias interminables con el arrobamiento de la noche. Erudición del Medio Oriente entre camitas y semitas, entre el hebreo y el árabe, y no sé cuántas cosas más. Lugar de oralidades varias. Umbral, puerta... paso obligado por el que todo sale, por el que todo entra.
Ay, Irene, cuántas cosas sabes en tu fronda profunda y lateral. Como un camino recto, dulce y umbroso donde, al fin, encontrar tu trastienda abierta y floral. Ay, Irene, siempre ofreciendo tu sinuoso flamboyán, árbol del fuego, escalera hacia los cielos que la gata secreta recorre en un pin-pan.
Irene, amigo mío... Irene, amiga mía... es el beso sabio del viejo Matusalén, es el recuerdo del largo camino y el extrañamiento, es la tarde al encuentro de empatías y discernimientos, es la caricia pura de aquellos montes reverberantes y del mar mineral, es la noche del conflicto y del apremio de las emociones.
Esa es Irene... y alguna otra cosa más.

jueves, 9 de junio de 2011

De encantos y ensoñaciones

La isla es un paréntesis... Todavía le doy vueltas a esa expresión de Aldecoa, el otro día en el documental, y que ahora releo. Expresión de viajero, de viajero que encuentra un oasis en medio de la orfandad, de la redundancia, en medio de lo reiterativo y adverso. El paréntesis es para entornar los párpados, difuminar luces y colores, dejar que la piel se esponje en la delicadeza del clima, romper amarras con el día de la marcha (...) Aquí sí que partir es morir un mucho (...) la marcha cierra un paréntesis y acaba el perfil de una isla. Una isla es acaso un paréntesis en la monotonía de la mar, como un lago es un paréntesis en la monotonía de la tierra.
Me pregunto ahora cuál será nuestro paréntesis, nosotros que vivimos ya en él. Paréntesis que también constriñe y separa, que ombliguea. Acaso nuestro paréntesis se halle en la llanura sin fin. Llanuras de tierras aluviales o meseteras, de muchedumbres metropolitanas; en inmensas llanuras de arena o de aguas marinas; llanuras de retos e incertidumbres, llanuras ingratas de monotonías y hartazgos sobrevenidos, de vorágines y excesos.
O marchar para siempre de la isla, hasta conseguir el extrañamiento de querer volver a saborear, al fin, como algo distinto y fresco, el paréntesis de isla. El encanto del paréntesis que conlleva, necesariamente, la tragedia del tener que marchar de él nuevamente.