Me levanté temprano esta mañana. Uf, ya no suelo digerir las cenas como antes. Y salgo a refrescar la pesadez de la noche y veo a los cuervos todavía en el balcón de enfrente, justo en la misma posición que el otro día cuando esperaba que levantaran vuelo o que, de pronto, se movieran distraídamente. Feliz pareja, tan bien avenida desde aquella atalaya, sin apenas mostrar asombro por las cosas de este mundo, ensimismándose en su opacidad mientras todavía los últimos rezagados juegan a columpiarse entre risas y desarboladuras. Bajo a dar una vuelta por la orilla y me voy tropezando con los restos de la fiesta. Un único vaso sobre el muro, orgulloso e insinuante, con un líquido oscuro que parece de cubata; una botella de cuello plateado medio vacía y unas copas de plástico alborotadas por el suelo, más allá; pedazos de cotillón a merced de la brisa... El sol y el aire me reconfortan entre toscones y cantos rodados hasta llegar al oxidado nido de ametralladoras, socavado en la base por los repetidos temporales de viento y sal. Mientras sigamos por aquí siempre será un triunfo. No lo olviden, queridos lectores
Como ven, nunca se me ha dado bien felicitar a nadie que no vea personalmente, como quien no quiere que esto se convierta en el mero deber cumplido
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